Ya acábalo, profe

 

Ya acábalo, profe

-Kevin Talancón.

Creo en fútbol. Con pasión. Con amor. Con destierro. Con dinero. Con indiferencia. Creo en ese fútbol que hoy me presentó a Iván, un rostro que ya había visto sin darme cuenta. Creo en fútbol, aunque ya nadie lo vea igual que uno. Creo en fútbol: amor del caudillo, juego del rico. Creo en el fútbol o eso creo.

Es miércoles, día de sol y cuarentena. Frente a un Coppel y sentado a metro y medio de mí, está Iván. Un joven en sus veintes, delgado y fornido. Tiene manos correosas en las que no para de pasear la funda de sus audífonos inalámbricos.

Sus ojos son cafés y gruesos, es difícil mirarlo más de lo que él me mira a mí. Su cubrebocas en sus manos corretea la funda de los audífonos. Camisa polo y tenis casi nuevos. Una voz ruda y sin repuntes en su tono. Sus entradas se disimulan con un copete que se va a un lado. Y su mandíbula se escuda con una barba que intenta nacer. Él es Iván.

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Ser niño en México es peculiar, todos quisimos ser futbolistas, o casi todos; en ese casi hay muchos. Yo jamás fui una excepción. Jugué toda mi infancia y parte de mi juventud: fui defensa central.

Recuerdo, una tarde nublada, una de las tantas. Siempre he sido de Villa de las Flores, regresé de jugar fútbol, llegué tarde a casa y ahí estaba mi papá. Sabía que mi padre es árbitro, pero el empleo de un padre siempre entra en ese terreno lúgubre de las labores desconocidas, no se sabe a ciencia cierta qué hace.

Estaba sentado en la sala viendo unos recortes y fotografías viejísimas, de esas que tienen las orillas carcomidas y los colores barridosEn algunas de ellas y entre rostros anónimos reconocí a mi abuelo. Traía uniforme y posaba con otros en campos de tierra con porterías desvalijadas.

-Así comenzó tu abuelo con la tradición. Teníamos mucha necesidad y poco dinero. Se salía los fines de semana desde bien tempranito a las canchas municipales del pueblo. Pedía chance de arbitrar lo que fuera, esos partidos que ya nadie quería, a borrachos o marihuanos. Yo lo llegué a acompañar y de ahí me lleno el ojo de amor y siempre supe que sería árbitro. Ojalá tú Iván, puedas seguir la tradición-.  Dijo mi padre mientras pasaba las fotografías.

En aquel momento sus palabras no hicieron mella en mí. Estaba destinado a ser futbolista oeso creía. Pero sus palabras tendrían valor más adelante en la vida… como todos los consejos de un padre. 

Pasados los años descubrí que mi padre estaba dentro de la Comisión de Arbitraje del fútbol profesional, me mostraba sus fotos en los estadios de primera división y a mí también se me llenó el ojo de amor.

Llegué a jugar en segunda con Tampico Madero. Tenía 17 años y ahí desistí del sueño de ser jugador profesional. Me di cuenta que mi talento no era del mismo tamaño que mi pasión. No me chingué la rodilla y no me pidieron dinero, mi obstáculo fue de los peores porque se me chingó la realidad.

Empecé una carrera: nutrición, fue en una escuela particular. Entre clases y cambios de hora, indagué en los recuerdos, me acordé del sentir cuando mi papá me enseñaba sus fotografías y cuando él siendo árbitro me llevaba a los estadios y decidí convertirme en árbitro profesional. Y decidir es el primer paso para lograr algo, eso hoy lo sé.

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Imagen: cortesía

Es domingo a medio día. Hay sol con smog, de ese que no calienta, pero sí achicharra. Yo acompañé a Mi Compañero que me explicaba cómo llevarte los partidos. Cómo abrazar al peleonero. Cómo ver las jugadas de área a área.

El caucho reposaba, se secaba en el pasto deteriorado en una de las varias canchas que hay en Deportivo Oceanía. Las rejas se curveaban hacia afuera de tanto balonazo que se les da. Las porterías pintas y ya sin redes asomaban en sus pies una lagunita de tierra en donde el portero se dejaba caer sin miedo.

Llegamos en metro bastante temprano. Mi Compañero dirigió bastantes partidos esa mañana y todos normales. Como siempre en alguna jugada apretada se le recuerda a la que en su infancia le dio de mamar, pero hasta ahí. Todo había estado bastante controlado hasta llegar al que para nosotros sería el último partido de la tarde.

Era semifinal de un torneo. Para ti y para mí no suena a la gran cosa, pero para los jugadores lo es todo. Fue en la categoría libre, de esa que no tiene restricción de edad, hay desde el chiquillo valiente que se mete a jugar sin miedo, hasta el señor de la tercera edad que va por recomendación de salud.

Entre gritos que no distinguía como quisiera y sudor por el sol de medio día yo vigilaba el trascurso de los segundos, pues yo sólo era el mal llamado crono. El sujeto metido en una cabina de lámina que mira constantemente el reloj y avisa el final del tiempo.

En esas andaba cuando comencé a escuchar gritos que cada vez subían más de tono. Me asomé por la rendija que existía en esa pequeña cabina en la que estaba metido desde hace horas y donde las paredes de lámina subían de temperatura.

Vi a Mi Compañero recibir un puñetazo de un hombre moreno y con un diamante en la oreja. Después de soltar el golpe se acercó a una portería donde se encontraba su esposa que atendía un puesto de aguas, y luego de intercambiar un par de palabras, la esposa desapareció por un momento.

Sonó el silbatazo, el partido ya no se iba a terminar de jugar y el hombre que antes había golpeado, ya estaba correteando a mi compañero que se escondió en la misma cabina donde estaba yo.

El encargado de la cancha cerró la puerta que era parte de la reja que rodeaba el campo. Vimos que hizo eso porque la esposa/vendedora de aguas había regresado como con 20 hombres, la mayoría sin playera y con las medias y espinilleras todavía puestas.

Al no poder entrar al campo se quedaron afuera, pero a la altura de la cabina, cabina donde sentía el temblor de Mi Compañero que detenía con su pierna y sus brazos la puerta metálica que vibraba con los embates del equipo que defendía el hombre con el diamante en la oreja. Y por fuera gritos del tumulto amenazando nuestras vidas.

- ¿Cuál es su carro? - Preguntó la revuelta y no recibieron respuesta, lo bueno es que fuimos en metro. Fueron los 30 minutos más lentos de mi vida, donde no dejaba de ver el cronometro que todavía estaba en mis manos, miraba y apreciaba sus manecillas cachazudas que parecían advertirme algo.

Después de un rato se fueron, y cuando por fin escuchamos silencio le pregunté a Mi Compañero - ¿por qué comenzó todo este argüende? - Él se quedó callado. Tampoco sabía qué había hecho mal.

Un árbitro de fútbol llanero saca aproximadamente 200 pesos por juego. Depende de la liga, si es soccer o rápido, depende de muchas cosas. Pero la estimación es de todas las ligas que yo jugué. Y mis compañeros en ese tipo de ligas siempre tenían otro empleo, desde conserjes hasta mecánicos.

Ese día no nos pagaron el último partido. 

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Cumplí 20 años y mi papá me dijo del curso que se organiza cada año en la Ciudad de México. Es un curso de la Escuela Nacional de Arbitraje (ENA).

El curso consistía en ir todos los viernes seis horas. De la una a las seis. Teníamos gimnasio, clases y canchas de fútbol. Antes el curso estaba por el estadio Azteca, ahora cambiaron la sede a Toluca, me parece. 

Si llegabas antes de los 21 años te decían que todavía tenías oportunidad de ser profesional. Los más grandes iban por el gusto de aprender. Eran cinco meses y la colegiatura era de unos 1,500 pesos, se pagaba cada mes.

Entré al curso con unos 55 compañeros, pasando los meses muchos fueron desistiendo y nos graduamos menos de 20. De esos 20 nos hicieron visorias y nos eligieron a cuatro árbitros, entre ellos, a mí.

De ahí nos abrían la posibilidad de dirigir partidos de Tercera División y formar parte de la Federación Mexicana de Fútbol. Jamás me gustó festejar solo, pero esa vez me tocó hacerlo. 

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Imagen: cortesía. 

La Tercera División es un torneo de quinta categoría. Actualmente cuenta con 189 equipos regados en toda la república. El campeón asciende a Segunda División, aunque sólo tres equipos han logrado ganar la Tercera y después la Segunda: San Luis, Tecos de la UAG y Oaxtepec. El fútbol es muy competido en México, aunque siempre veamos a los mismos en la Primera.

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Acatlán de Jalisco vs Atlético Valladolid de Michoacán. Fue una final de entre las tantas para subir a Segunda, se jugaban el ascenso. Un partido que jamás llegó a televisión ni a tu inicio de Facebook. Partido que quizá pasaría desapercibido o eso pensaba yo.

Cuando eres árbitro en Tercera tienes un sueldo de 2,800 pesos mexicanos por partido dirigido, no cuentas con sueldo base, te mantienes únicamente de los partidos que diriges los fines de semana. Eso quiere decir que los viáticos van por tu cuenta.

Salimos de la Ciudad de México: los dos asistentes, el cuarto árbitro y yo. Nos fuimos en camión a Guadalajara. Nos sentamos juntos, platicábamos, mirábamos películas, dormíamos, hacíamos bromas. Lo que cualquiera hace en un viaje largo.

Llegamos a Guadalajara y rentamos una camioneta, visitamos el centro, comimos en la calle, nos tomamos fotos. Cuando llegó la noche nos fuimos a dormir a un motel baratito, yo ya sentía un sabor amargo cada que el recuerdo del partido del día siguiente me invadía.

Nos levantamos temprano, en Guadalajara nadie mencionaba o tenía la menor noción de que un equipo del mismo estado al día siguiente se jugaba su ascenso. Ahí sólo parecían existir Chivas y Atlas.

Subimos a la camioneta y los edificios coloniales y las casas a medio pintar se cambiaron por piedra caliza y kilómetros interminables de rocas ígneas. Subíamos cuestas desamparadas y las bajábamos. Todo era gris y la autopista en medio de tanto cerro se veía como humeante, el calor también aumentaba.

Así llegamos, con calor y con un silencio que jamás descosió los labios secos. En las paredes blancas de las casas a medio terminar había anuncios del juego de ese día. En las calles adoquinadas y cerca del centro pasaba un vocero de vez en cuando, anunciaba la hora del partido, invitaba a todos a ir.

Llegamos al estadio, que mas que estadio era la cancha municipal, tenía gradas a los costados y las cabeceras estaban pelonas. Después de tanto blanco de las casas, uno por fin podía descansar la vista con la cancha verde, el pasto era ralo, no había socavones evidentes.

Nos cambiamos en la camioneta, nos pusimos el traje y pasamos a la cancha a sentirla. Desde dentro podía ver como dos horas antes del partido la afición comenzaba a llenar las gradas. En las cabeceras, donde no había más gradas, estaba una calle y cruzando: casas, es en ellas y sobre los tinacos en donde la gente se trepaba para ver el partido.

El estadio era para unas 200 gentes y ese día eran fácil más de 500, juntos y apretados. Acercándose la hora del partido el ruido se podía ver, arriba de las cabezas con el cabello seco se veía el hervir del silencio. Se sentía el ambiente pesado, costaba respirar normal, la boca era ácida, la saliva pesada.

Nos cambiamos y saludamos al delegado de la Federación que había venido a ver el partido. Tomé las tarjetas y las guardé en el pecho de mi playera fluorescente. Bromeé un poco con mis asistentes, y pasando algunos minutos las gradas que estaban junto al vestidor comenzaron a temblar, igual que nuestras rodillas.

El partido de ida había sido un empate de uno a uno, ambos equipos venían a ganar, se jugaban todo. Cerré los ojos en el centro del campo y después del protocolo pité el inicio, exhalé y comencé a correr.

El partido fue bastante normalito, ocasiones de vez en cuando, pero nada evidente. Así hasta que llegamos al minuto 89. Un delantero del Atlético Valladolid tomó el balón y se metió al área para ser derribado por una barrida que le llegó por atrás. Tenía claro lo que eso significaba: penal.

Con el corazón hecho bolita señalé al punto que está dentro del área. Todos los presentes se me abalanzaron para reclamar. El jugador de Acatlán me insinuaba que estaba todo comprado, y me mentaba la madre.

Detrás de mis asistentes a unos pasos estaba la reja que nos separaba de los hombres sin playera y con el escudo pintado en su panza. Nos comenzaron a aventar todo lo que tenían a la mano; vasos, botellas, huesos de pollo.

Tuve que expulsar a un jugador, en algún momento sentí que me iba a golpear, creí que eso en el fútbol semiprofesional no ocurría. Marqué el penal que posteriormente convertiría el equipo de Valladolid y que le bastaría para ganar el partido.

Acabó el juego y le pedí al equipo de Valladolid que no festejaran mucho, la gente se lo podría tomar a mal. Yo conté sólo tres policías y la situación pronto se fue de las manos. Pidieron refuerzos.

Los refuerzos tardaron en llegar y la reja que nos separaba de la gente por momentos no parecía suficiente para contener el enojo de cientos.

Nos metimos corriendo al vestidor y ahí en el techo de metal escuchábamos el azotar de las piedras. Paz. Paz. Paz. Una tras otra tronaba en su venir con el metal. <<Pinches vendidos>>, <<a ver si muchos huevos>>, <<se van a morir>> gritaba la turba. Nosotros escondidos, tuve miedo.

Me asomé por un hoyito que se había hecho en una pared del vestidor y vi hombres con machetes. Me alejé del muro y me tomé de las rodillas y recé, recé con todas las fuerzas que me dio la fe. Junto a mí, mi asistente también rezaba mientras veía  al suelo. Sólo ahí comprendí que el mexicano antes de ser hincha es católico.

Estuvimos tres horas escondidos hasta que nos dejaron salir. Nadie decía una palabra. Todavía tenía el sabor amargo en mi boca, pero supe que ya no era el único.

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Un secreto a voces que tiene la Federación es la revisión de los partidos. Entre semana hay juntas en donde llevan las grabaciones de las jugadas apretadas. Si te equivocas te suspenden algunos partidos, todo dependiendo de tu error.

El miércoles revisaron mi partido, me dan el penal por bueno, me felicitan en la Federación. Pronto estaría en Segunda, o eso me dijeron.

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Cuando asciendes a Segunda ahora son menos colegas los que están en la categoría. Tu sueldo también aumenta, ahora son 7,000 pesos mexicanos por partido y ya te pagan los viáticos. Uno comienza a tener sueldo base hasta Ascenso, allí cuando recién subes a la categoría es un sueldo de 8,000 a la quincena y por cada partido te pagan de 18,000 a 20,000, dependiendo a qué lugar viajes, entre más lejos menos dinero.

Playa del Carmen, partido de Segunda División. Hacía poco más de 36 grados, Inter Playa (el equipo local) se juagaba el pase a la liguilla en su casa, recibía a las inferiores de Pumas.

Pumas venía dominando todo el torneo y para este partido había pedido prestados a varios jugadores de Primera División. Antes de cada partido los árbitros hacemos una planeación del juego donde vemos los jugadores a seguir y esta vez no esperábamos que hubiese jugadores de primera.

En Segunda ya son estadios y plazas que se dedican específicamente a apoyar a su equipo de su comunidad. Ya hay estadios y más condiciones de seguridad, puedes trabajar mejor, ahora te debes cuidar del periodista.

Pumas se había ido ganando al medio tiempo uno a cero. Para el segundo tiempo Inter Playa había salido con todo al ataque. Pegaron tres ocasiones en el travesaño y el gol se negaba a llegar. El estadio estaba lleno, los gritos y cantos le ganaban a la sed.

Hasta los últimos minutos Inter Playa hizo dos goles. Le ganó a un equipo con estrellas y figuras que todos conocían. El estadio se nos caía a pedazos y esta vez de felicidad. La historia del David que a cualquiera enamora.

Acabó el partido y el Inter consiguió el pase a la liguilla. En la noche los aficionados todavía deambulaban por las calles con sus playeras del Inter y en un antro estaban los jugadores festejando todavía. Nos miramos y nos saludamos. Recordé lo que muchos olvidan y es que antes de futbolistas, árbitros y afición; somos personas.

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Hasta este año pude debutar en Primera División. Recuerdo la noche en Monterrey. La oscuridad del mundo desgajaba al Cerro de la Silla y en sus pies descansaba el Estadio BBVA, uno de los más nuevos.

Es de metal por fuera y se le miran rebotando en él las luces de las calles. Monterrey se ve entero en su cuerpo de metal. Era el partido de América vs Rayados. Fui cuarto árbitro. Amonestamos al Piojo y salí en televisión nacional.

Casi seis años después de comenzar mi carrera, estaba ahí, donde le prometí a mi padre que estaría como él lo hizo. Ese día las estrellas tenían un brillo especial y es que brillaban para mí.

A pesar que toda la afición nos puede ver como villanos yo fui el héroe esa noche. Recordé los desvelos y las fiestas que rechacé por llegar ahí. Recordé los extras en la escuela y las veces que estuve a punto de abandonar. Recordé las promesas que me hice y las que le hice a quien me miraba.

No sé cuánto tiempo me vaya a durar este sueño, pero ojalá falte bastante para que el árbitro mire al centro y decida acabar con esta gran fiesta que vulgarmente le digo vida.

 

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