¿Y San Juditas? Allá arriba

¿Y San Juditas? Allá arriba

Kevin Talancón.

El 28 fue un día rarísimo. Lo digo por el cielo que había, de esos en los que cuando está anocheciendo el sol sólo pinta una parte y, en la otra, en la oscura: había una luna llena y grande.

La iglesia estaba en dirección del cielo oscuro. Se levantaba con unas paredes blancas y una cruz coronando el edificio pulcro.

Afuera en los jardines, mujeres varias: todas con una libretita de lo que parece un guion. Platican entre ellas, nerviosas. Bailan sobre sí con algunos pasos torpes. No se percatan de nada más que ellas y su guion. Son todas diferentes entre sí, pero comparten el mismo cabello ordenado.

Las puertas están abiertas, a sus afueras una anciana encorvada como quien lleva mucho tiempo de vivir. Trae una fada larga y duradera casi hasta los tobillos, también unos tenis blancos cansados y deshilachados por el uso. Junto a ella una mesita con un montón de estampas de San Judas y tantos otros santos sin la suerte de la popularidad. También, un gel antibacterial y, cómo no, una pistolita para medir la temperatura.

-Buenas noches-. Le digo.
-Buenas noches-. Me respondió mientras levantaba la pistola y hacía el amague de que pusiera la mano para cumplir con el protocolo.
-En la frente está bien-. Le comenté.
-No, en la frente hace daño.
-¿Cómo?
-Que en la frente hace daño. Se debe medir en la mano.
-Pensaba que lo recomendable era de hecho hacerlo en la frente-. Después de un par de contestaciones le di la mano para pasar. Y así lo hice, no sin antes sentir la mirada de esos ojos arrugados y duros que me persiguieron hasta que me senté. Me ganó el discurso hasta cuando estaba seguro de tener la razón. Han de ser privilegios que regala la edad. -Pensé-.

En las bancas había unas hojas. Ellas decían dónde te podías sentar y dónde no. La iglesia estaba casi llena; en ese casi existe la cuarentena.

A los costados, unas cajas de madrera con una hoja que anunciaba la ausencia de las confesiones. Al fondo de la iglesia esculturas de algunos santos, la de San Judas con veladoras, pero no tantas como cualquiera pudiese sospechar. Frente de las veladoras una banca, como para que no se acerquen más de lo debido al altar.

El padre habla, dicta y ordena con vehemencia. Prohíbe todo festejo por el jalowin. Dice que cuidemos de los otros y hasta se atreve a dejar algunas tareas: deben llegar a casa y hacer esto, hacer aquello; el lunes van a venir y me dicen cómo les fue.

El público es todo, menos variado. Todos son arriba de los cincuenta, sólo hay algunos jóvenes, tal vez tres. Se ve que los trajeron a fuerzas. Lo digo por sus miradas: están perdidas, no escuchan al padre, hacen más ruido sus pensamientos. Miran para arriba al techo. Se fijan en sus zapatos y los mueven. Le dan vueltas a la cabeza. Les dan vueltas a los ojos. Y, me atrevo a decir, que ya le dieron vuelta más de tres veces a los mismos temas que lo abruman a uno en su cotidiano silencio.

Entran las mujeres de los jardines en ese silencio burbujeante que hay en las iglesias. Pasan formadas y arrastrando sus pies, así sin decir apenas una palabra llegan hasta en frente y se quedan en un pequeño pedestal. Es ahí donde se ordenan entre ellas y comienzan a cantar.

“Eucaristía presencia del señor.”-cantan.

El padre ordena que hagan una fila y pasen a tomar la ostia. La misa se acerca a su conclusión y no se ha dicho ni una palabra de lo que se festeja cada 28.

En el revuelo general, mientras todos se levantan, van, vienen; el altar a San Judas se llenó de personas. Todos se hincan y comienzan a rezar. Agachan la cabeza y cierran los ojos. Ahí se quedan, hablando muy bajito, dejando salir apenas ruido de sus labios entreabiertos. Los más atrevidos mueven la cabeza de un lado a otro. Los demás juntan sus manos y tambalean uno que otro dedo, como buscando algo por agarrar. Acaban y regresan, todos menos una mujer con una falta larga y tacones de plataforma. Reza con la cabeza agachada e hincada.

Detrás de ella pasa sin paciencia la anciana de los tenis blancos, lleva la tira de estampas y arrastra los pies. Camina apresurada, se va a una parte de la iglesia que está oscura, y en silencio. Se mete y al salir ya no trae estampas.

“Eucaristía milagro de amor”.

Los que no fueron a rezar se quedan sentados, pensando en sus cosas me imagino. Los sobrantes van a recibir la ostia, esta vez, en la mano; ya no en la boca. Así pasa y regresan a su lugar, se disponen a tragar. Todavía no hay ni una palabra de lo que se festeja hoy.

La misa sigue como antes, pero ahora hay más murmullo. El levantarse y moverse despertó la lengua. El padre pide que den la paz: nadie se da la mano, todos se miran y asienten. Entre ellos un señor en sus sesentas, trae un sombrero vaquero y un cubrebocas viejo. Sus ojos salientes de las patas de gallo brillan y me delatan su sonrisa oculta. Le asiento y se voltea, es el único que les da la paz a todos alrededor, los demás se limitan a sus conocidos.

Detrás: la anciana de los tenis blancos continua su andar, ahora trae su mesa, pero ya lo hace con calma, en la entrada no hay nada más que la puerta todavía abierta. Se va a lo oscuro y pasados un par de minutos las luces comienzan a apagarse. La mitad de atrás queda en una oscuridad apenas cortada por las luces delanteras que quedaron encendidas.

Afuera ya está completamente oscuro, así lo cuentan los tragaluces oscuros, sólo reflejan las luces de adentro.

La misa termina, todos se levantan y comienzan a buscar la salida. Algunos deciden pasar otra vez por en frente de San Judas y su altar, pocos dejan algunas velas y se van. Se van persignándose, como despidiéndose: es de esas despedidas acidas, esas despedidas que lo dejan a uno sin saber si volveremos a ver de quien nos despedimos. Esas despedidas e an las que se apagan las luces del salón. Despedidas de un año. Despedidas de un mes. Despedidas de quién sabe cuánto.

La iglesia queda casi vacía. Al frente las mujeres cantoras se pavonean y echan relajo con el padre. En el fondo la misma mujer de falda larga sigue hincada, sigue rezando. Reza en la oscuridad.

La anciana de tenis blancos pasa y retira un par de velas de otros santos y se las lleva al lugar en el que ocultó sus estampas y mesas. Algunas estaban apagadas, pero otras aún estaban prendidas. Me pregunto qué pasará con esos milagros.

La mujer de la falda larga, sigue ahí con la cabeza agachada. Comienza a mover su pie derecho con angustia. Me quedo ahí atrás de ella, esperando un poco más para salir, pasan un par de minutos. Nada.

Es cuando me dispongo a irme, me frena un sonido. Comienza a lamentarse. Llora, pero despacito. Llora, pero con cuidado. Su espalda se infla y se poncha.

-Por favor, por favor. -  Dice entre tanto quejido. Sus manos van atrás de la cabeza y se recarga en la banca que la separa de la figura de San Judas. Ahí se quedan y acaricia su cabeza, su cabello. Supongo que está cansada, sufrir es una tarea muy difícil. En sus manos hay un rosario negro al que no deja de darle vueltas con un par de dedos. Así queda, su desazón la mantiene ahí.

-Ya vamos a cerrar. – Dice la anciana de los tenis blancos, quien ya trae la puerta entre las manos.

La mujer de la falda larga se levanta, se persigna y al terminar guarda su rosario en una bolsa. Sacude su ropa y camina ufana. No saluda, ni se despide. Ni una palabra más.

La iglesia está oscura, nomás brillan las veladoras aún encendidas. La fiesta de San Judas acabó como si nunca hubiese empezado.

***


-San Judas Tadeo, como tú ya sabes es -o era- apóstol de Jesucristo. Ahora es un interceptor ante él. Se le considera como el patrón de los imposibles, su día en el que todos lo celebran es el 28 de octubre. – Me comenta Luis. Un muchacho en sus veinte, moreno, el cabello corto.

-Yo tengo fe en él porque si le pides de corazón y con toda la fe, él puede ayudarte mucho.

Trabajé en una maderería hace no mucho. Llevaba un tiempo sin encontrar trabajo. Sabes como es la situación: buscas, buscas, buscas, y nada. Hasta que llevé la solicitud a la maderería fue que se me ocurrió pedirle que me echara la mano, que me ayudara. Le compré un ramito de flores, le recé varios días, hasta que me hablaron del trabajo y me dieron la oportunidad de estar.

Desde aquello le puse un altar en la casa, ahí le puse flores, velas, y una figurita suya. Ahí es donde rezo para que todo vaya bien.

¿Dónde nace la fe? La fe a mí me nace desde el corazón. Desde que tú confías en alguien le das tantito de corazón. Tal vez no está presente físicamente, pero sí a través de una imagen. Es ahí donde uno sabe que no está solo. Ya depende del corazón de cada persona el tamaño de su fe. Espero que mi fe sea grande.

San Judas tiene varias oraciones. Ya depende a lo que tú te quieras encomendar. Hay algunas estampitas donde viene el rezo correspondiente; entre ellos también está el rezo para lo que es la salud, y siempre le rezo para que mi familia y yo estemos bien, ya ves con esta situación y gracias a él y a Dios todos tenemos buena salud. Es lo importante.

También puedes pedirle para que siempre abunde el dinero, y la verdad siempre le pido para que me socorra con dinero. Hasta la fecha no es que abunde, pero jamás me deja sin un peso en la bolsa. 

***

La devoción a San Judas nace cuando los dominicos comenzaron a trabajar en la actual Armenia poco después de la aprobación de la Orden de predicadores en 1216.

En aquel tiempo, había una devoción importante a Judas Tadeo en esa área, tanto por parte de cristianos católicos como de cristianos ortodoxos. La fe duró hasta que tuvieron lugar persecuciones y expulsiones sucesivas de las minorías cristianas en la región.

La devoción a San Judas Tadeo comenzó de nuevo en el siglo XIX en Italia y España, extendiéndose por América Latina y, finalmente, por los Estados Unidos, a partir de Chicago y de su zona de influencia, debido al trabajo de los claretianos y los dominicos en la década de 1920.

***


Afuera de la iglesia es puro gozo.

Saliendo del jardín un hombre regordete con una playera grisácea y lo que parece ser su hijo reparten jugos y tortas. Observo si alguien les paga o les da algo que no sean las gracias. Nada. Todos toman lo suyo, hay quienes se atreven a pedir dos. El hombre les da, no escatima.

El hombre las tortas, el hijo los jugos. El hombre otra torta, el hijo dos jugos. El hombre otra torta, el hijo un jugo. Así siguen, regalan y dan. Obsequian a todo el que pase a su lado.

- ¿No quieres una, flaco? – Me dice el hombre con su cubrebocas que no alcanza para su nariz ganchuda.
-No, está perfecto. ¿Pero por qué las regala? – Pregunto.
-Pues vengo a cumplir mi manda.
- ¿Su qué?
-Pues mi manda. Cuando te encomiendas a San Judas y él te cumple debes venir y regalar cosas o cumplir con buenas acciones. Yo se lo prometí. Es un trato con él. Me ayudó y aquí andamos.
- ¿Lo ha ayudado muchas veces?
-Sí, en bastantes. No sé qué tiene, pero siempre lo ayuda a uno. Jamás lo deja colgado.

La mirada de su hijo es suave. No comparte ninguna semejanza con su padre más allá de la forma en la que traen puesto el cubrebocas. Seguro no pasa de unos trece años y sigue sujetando un jugo en mi dirección. Lo tomo. Regreso la mirada a su padre, pero éste está atareado con su tarea.

Junto a ellos una mujer mayor. Está sentada junto a una mesita y tiene un chal negro que la envuelve a ella y a su calor. La mujer regala velas.

Extiende la mano y me da una, pero ella no es acelerada como el hombre y las tortas, al contrario, da las velas con parsimonia y lentitud, como si cada vela pesara, como si cada vela fuese un mundo, una historia. Le doy las gracias y ella asiente y me desea una buena noche.

Me sorprende lo que hace la fe: es un transformador de personas. Puede convertirlos en seres bondadosos, benevolentes, blandos, apacibles, dulces; pero también los transforma en perversos y avariciosos. Me sorprende y me asusta la fe. Me sorprende y asusta lo mucho que tiene que ver con el dinero. Te regalo o te vendo. Ayúdanos y te ayudamos.

La caja con la vela es verde y tiene una imagen de San Judas. La vela es también verde y tiene un olor raro, de esos olores que uno no descifra y que se siente en las tiendas donde hay decenas de yerbas en los mercados.

Sobra gente afuera de la iglesia. Muchos conversan y siguen caminando. Algunos otros sólo vagan esperando que les toque otra torta. Puro gozo, como dije antes. La gente se ve contenta, se siente contenta. Pasados algunos minutos ya son menos los que están afuera de la iglesia. Las luces se apagan y la noche quiere parecerse otra vez a la noche.

***



La verdad, me la imaginaba más grande, es apenas igual a tantas otras iglesias que he visitado antes.

Los santos -obvios- a los costados. Las bancas marcadas con cuales asientos hay que ocupar. Las veladoras allá en frente en un mueble metálico viejo. El interior vacuo y gigantesco como son por ley todas las iglesias y templos. Si no me dijesen que este es el Templo de San Judas; jamás lo hubiese adivinado. 

En el fondo un cartel apenas visible que marca la salida para después de las misas y los días 28. El padre habla despacio, es laborioso su decir. Menciona lo que se dicen en tantas otras misas, lo de la pandemia, las escrituras, esto y aquello.

Cuando uno entra hay mucha mercancía con la imagen de San Judas: rosarios, pulseras, collares, esculturas, lo que uno imagina que se podría vender y lo que casi no.

Afuera y muy alto en las torres nacen algunas plantitas, de esas que sólo crecen en el olvido. El edificio es compartido con una pulcata. Y a un lado una plaza sin nada más que unas pintas y algunos afortunados que pudieron dormir ahí sin preocupaciones.

También se podría decir que es un tramo complicado de la ciudad, por lo menos. Hay prostitutas. Hay comercios tan informales, que no cuesta preguntarse si es que tendrán alguna venta en el día. Hay un par de salones abandonados por el tiempo y la atención. Hay casas viejas y descarapeladas. Hay algunos parques contaminados por pesadez en su ambiente. Hay algunos museos con exposiciones olvidadas. Hay puestos de comida.

Es casi risible lo cerca que está todo de los rascacielos ñoños de Paseo de la Reforma. Es casi irónico lo cerca que está todo lo que uno no quiere ver, lo que uno quisiera olvidar que existe; de lo que uno presume cuando le preguntan por la ciudad, de donde cualquiera quisiera tomarse una selfie para Instagram. Es finalmente, casi estúpido que algo tan diferente sólo sea separado por el dinero. 

***

San Judas es quizá más que cualquier otro santo: un hito popular. Él y todo lo que lo rodea. Él y los memes. Él y todos los que lo siguen. Él y su fe. Tal vez eso explique todo, o casi nada.

Quizás eso explique el por qué la iglesia que inicialmente fuera de San Hipólito ahora se le adjudique a él.

Cuando el Templo de San Hipólito abrió sus puertas no era conocido por el templo de San Judas. Más bien atribuía su nombre de Templo de San Hipólito y San Casiano.

El Templo se edifica en 1521. Justo el día donde la toman Tenochtitlán, 13 de agosto (día de San Casiano). Primero fue una ermita donde los cuerpos de los españoles muertos durante la conquista eran depositados.

El templo sufrió varias transformaciones. Pasó a ser parte de un hospital y finalmente una iglesia.

En 1982 fue colocada una imagen de San Judas, pero lejos del altar principal, San Judas se encontraba cerca de la entrada del lado izquierdo, donde hoy colocaron un Cristo. Después fue llevado al centro de la iglesia a una capilla hoy llamada Capilla de los Mártires. Finalmente, como si la gente lo fuese empujando llegó al altar principal.

Y no sólo tomó un lugar en el altar principal, sino que también tomó el nombre. Pues, a pesar de seguir siendo oficialmente Templo de San Hipólito y San Casiano, ahora popularmente todos -casi- la conocen como el templo de San Judas.

Popularmente y San Judas son dos términos que pareciese siempre vienen pegados. Tan pegados que no sabría regalarle otra cualidad a la popularidad sin San Judas y a San Judas sin la popularidad.

***

Iglesia de San Hipólito

-En la esquina de mi casa hay una iglesia, bueno templo, bueno en realidad es un terreno donde festejan a San Judas.

Cuando se llega el 28 se convierte en un día de fiesta. Todo comienza a las ocho de la mañana. Primero hay una misa para los adultos mayores. Esa dura una hora o tal vez dos. El padre se detiene a hablar de otras cosas con los adultos mayores. Tal vez ellos tienen más asuntos o más tiempo para hablar con Dios. -Me cuenta Jessica: mide uno cincuenta y tantito. Sus ojos son grandes y cafés. Su frente limpia. Su cabello va abierto. Toda ella está adornada por unas pestañas vastas.

-Uno sabe desde las semanas antes que se viene el día de San Judas por los preparativos. No es que pongan sólo su carpa y eso, sino que traen juegos: una feria, pero de esas chiquitas, modestas. Ponen su carrusel, sus tazas, su rueda, sus juegos sin nombre que marean.

Después de la misa de la mañana los niños del catecismo cantan. Recuerdo que cuando fui del catecismo me tocó cantar. Le metían presión a uno. Le decían <<aprende esto, aprende aquello>>, además de unas señas porque la gente que no oye también merece saber qué decimos. Merece escuchar a Dios. Eso nos hacían aprender.

Acabando había personas que dicen que saben cantar y pues subían a cantar. Pero la condición era que fuesen siempre canciones que tuviesen que ver con la religión. Así unas dos horas. Después todo era silencio. Un silencio cuchicheante por la risa de los niños en los juegos.

Ya en la noche era la otra misa. La misa a la que podían asistir todos. Para esa misa subía toda la gente del pueblo. Ellos llegaban con sus figuras grandotas, con sus rosarios extravagantes, algunos con sus motonetas. Todos. Todos para tomar misa.

Los juegos se apagan y todos entramos al lugar. No todos alcanzaban sillas, por supuesto. Es que la gente. Si yo te contara la gente que hay. Con sólo decirte que para confesar un solo padre no alcanza, deben salir varios para repartir las ostias. Y como no todos alcanzan a ver al padre ponen algunas pantallas para que nadie se quede sin mirarlo.

Jamás había dimensionado toda la gente que viene a ver y le pide a San Judas. Te sientes como muy pocas otras veces: pequeño. Te cuestionas si tus plegarias si son escuchadas o las debes gritar.

La misa no se extiende mucho. Cuando acaba salen cuetes y luces. De los que suenan mucho y de los que alumbran la noche. En las bocinas hay algunas canciones de la religión. Las pantallas se apagan.

Para dejarnos salir se pone un orden. Primero los de aquella esquina, después los de esa otra. Eso pasó porque hace algunos años aplastaron a un niño chiquito cuando todos intentaron salir al mismo tiempo.

-¿Y se murió?
-No. Creo que no. O no sé. Yo estaba chiquita y mi mamá no me quiso decir nada.
-Sales y muchos se comienzan a ir a su casa, pero para otros la noche ahí comienza. Sacan sus bocinas y comienzan a bailar, pero no son bailes como en la tarde, aquí ya bailan lo que a ellos les gusta. Se ponen a tomar, hacen una fiesta como si se tratase del cumpleaños de uno de sus amigos. Ahí se quedan. Toman. Bailan. Festejan. Vuelven a tomar.
- ¿Y este año no hicieron nada?
-No. Sólo las misas de la mañana y la noche, pero con la gente justa, no fue como en años pasados. - Dijo Jessica. 

Me pareció curiosa la forma en la que acaban noches como esa. En una fiesta. En ese único lugar donde alguien se puede burlar de las leyes, de las clases, de los buenos y los malos. Donde no existe jerarquía, ni tiempo. Tal vez por eso uno se atreve a bajar los bultos de sus santos. Los llevamos de fiesta, donde no están por encima de nosotros. Los llevamos de fiesta para sentirlos cerca más cerca de lo común, aunque sea una noche.

***

-Hay personas que ven a San Judas como una religión. Hay quienes lo ven como a un amigo. Hay quienes lo ven como un familiar. Se ha ganado ese lugar como el santo que sí cumple. Tal vez por eso tanta devoción con él. – Me cuenta Mario González, quien es hace poco más de un año rector del Templo de San Hipólito. El padre Mario tiene cara redonda, cachetes llamativos, peinado de lado, lentes discretos y manos fuertes.

-La pastoral también llamada devoción a San Judas se fue difundiendo muy marcadamente en un sector de la sociedad que tenía condiciones de pobreza. Aquí me toca ver muy repetidamente personas con discapacidades, señoras que se dedican a la limpieza, boleros. Ciertamente San Judas es relacionado a personas que necesitan trabajo.

Pero no sólo o siempre es dinero. Hay gente pobre, sí, pero pobres de amor. Pobres y necesitadas en cuestiones personales. Pobres de salud. La pobreza existe en muchos aspectos de la vida. San Judas es abogado de causas difíciles o desesperadas. En ese aspecto sí, San Judas ayuda al pobre.

Mi labor es principalmente combatir la percepción errónea que se tiene. Debido a la zona de la iglesia muchas veces se acercaban personas que no siempre se informaban sobre San Judas, confundiéndolo incluso con Judas Iscariote, dándole a San Judas cualidades equivocadas. Relacionándolo con brujería, con la Santa Muerte, haciéndolo el santo de los delincuentes. La fe es un tesoro que no todos ven con buenos ojos.

También es la fe algo que se puede perder en situaciones complicadas. Y qué peor que un atentado contra la salud. Pareciese que no, pero hemos perdido a muchos colegas, colegas que dejamos de ver, con los que teníamos contacto por Whats, un día dejaban de responder. Y ahí entra la fe, pues está en constante construcción y nunca pasa por tantas reconstrucciones como en las situaciones complicadas. Y a uno no se le puede derrumbar algo que no tiene.

La oficina del padre Mario es amplia, en el fondo tiene un librero atiborrado de toda especie de libros, un escritorio con papeles huérfanos y un tragaluz a sus espaldas.

-San Judas hoy es un apóstol que enseña. Nos enseña a ser fuertes, a ser firmes y a luchar. No sólo con tu recurso humano, sino también con la fuerza del espíritu. En la cabeza de San Judas él tiene una llama, que significa que está iluminado por la fuerza del espíritu santo. Él es la experiencia de un hombre de fe.

El padre Mario nos muestra la llama en una figura pequeña de San Judas y la vuelve a poner en la esquina del escritorio, como vigilando todo el cuarto.

-Las peregrinaciones tienen un gran sentido, porque desde el libro del éxodo se habla de que el pueblo de Israel que estaba esclavizado por lo egipcios, escapa. Salen del encierro en una peregrinación para encontrarse con la liberación, con Dios. En ese sentido es la iglesia que va peregrina, va caminando. Nosotros somos peregrinos en la vida, cuando nos morimos dejamos de ser peregrinos, dejamos de ser caminantes, para encontrarnos con Dios. Las peregrinaciones siguen siendo esas manifestaciones de fe, esas ganas de encontrar algo al llegar.

***

Padre Mario en la iglesia de San Hipólito.

David me cuenta que sí cree en San Judas, pero no sabe mucho de él. Lo que más recuerda es que su papá en una figurita suya metía todos los ahorros de la casa.

Qué envidia tanta síntesis.

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